Cuatro mitos sobre la clase freelancer

traducción académica del inglés

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por Sarah Grey para Jacobin Magazine

traducido por Ignacio Rial-Schies

Aparejadas al cambio constante de las herramientas de trabajo, cuando muchos de nosotros lo hacemos en el mismo aparato donde leemos esta nota, vienen modificaciones a cómo “nos ganamos la vida”. En este artículo publicado originalmente en Jacobin Magazine, Sarah Grey reflexiona sobre las distintas configuraciones discursivas, o “mitos”, que suelen recubrir estas formas de trabajo en constante cambio.

Si bien las particularidades del mercado laboral norteamericano, dada su hegemonía en las mismas industrias que suelen emplearlos, ubica a los trabajadores independientes en un lugar de privilegio con respecto a sus pares del mundo hispanoparlante, las reflexiones del texto son un disparador para algunas discusiones necesarias en torno a nuestro lugar como trabajadores.

Recibí una llamada extraña a fines del año pasado de Duane Morris, una estudio de abogados internacional con sede en Filadelfia. La mujer al teléfono me dijo que Duane Morris estaba trabajando con el ex senador Blanche Lincoln y algunas de las empresas más importantes del mundo, como Microsoft y Google, para construir un “movimiento de base” que ayude a los trabajadores independientes.

Le pregunté qué haría este movimiento, y me respondió que la ley de trabajo dejaba vulnerables a las empresas frente a demandas y multas por clasificar mal a sus trabajadores – tratando a los trabajadores como contratistas independientes en lugar de empleados permanentes (que tienen otros beneficios). Esta “vulnerabilidad” desincentiva la contratación de trabajadores independientes y es, según los organizadores de este “movimiento”, el mayor problema, mayor que recibir atención médica, pagar las cuentas, asumir la carga aplastante de una deuda por préstamos estudiantiles, o acceso al capital – que los cuentapropistas enfrentan hoy.

Como soy una escritora y editora independiente, me preguntó, ¿no me interesaría ser parte de la lucha por la libertad para manejar mi negocio?

La mujer al teléfono me indicó la página web del nuevo movimiento – que estaba llena de audiovisuales informativos sobre la defensa del derecho de los cuentapropistas a manejar sus negocios – por no hablar de los crucigramas, fotos genéricas de propietarios de pequeñas empresas, y un juego hecho en flash realmente sorprendente que te deja lanzar bolas de nieve a muñecos zombies de saco y corbata con dientes afilados que podrían representar a políticos o a grandes empresarios.

El sitio web advierte que leyes como la Payroll Fraud Prevention Act (Ley de Prevención en la Liquidación de Salarios) y la Employee Misclassification Prevention Act (Ley de Prevención para la Clasificación Errónea de Empleados) actúan de manera que “podría obligar a miles de personas a cerrar sus negocios y a despedir empleados. Si esto ocurre, tendrá consecuencias desastrosas para la economía.”

Estaba claro que esta estrategia de alarmarnos para crear un “movimiento de base” que le facilite a las empresas clasificar a sus empleados como cuentapropistas era un intento para promover la quita de beneficios a un gran sector de los trabajadores. La presencia de Microsoft fue una clara evidencia – el gigante del software es conocido por este tipo de prácticas y fue demandado varias veces por sus trabajadores.

En un contexto económico donde una variedad cada vez más amplia de trabajadores, los choferes de Uber pasando por los médicos de urgencias a los peluqueros, se ven obligados a trabajar como “contratistas independientes” en lugar de ser empleados con cierto grado de estabilidad, el problema no es que las pequeñas empresas necesitan libertad para operar – es que lo que solían ser puestos de trabajo ahora son considerados pequeñas empresas.

Borrar la línea entre la clase obrera y la pequeña burguesía beneficia claramente al gran capital – no a la gente como yo. Me negué a unirme al “movimiento de base.”

Los cuentapropistas que no compran el argumento de ser la parte más pequeña de las grandes empresas a menudo argumentan que son parte de lo que algunos llaman el “precariado.” El término surgió en las protestas contra el G-8 en 2001 en Génova – una aglutinación de “precariedad” y “proletariado” que intenta describir la tendencia mundial a alejarse del empleo formal y acercarse a un trabajo casual, no sindicalizado (especialmente en los países desarrollados) y con un creciente sector informal (particularmente en las economías en desarrollo).

Desde entonces se dio un debate considerable sobre el término. El economista Guy Standing escribió un libro acerca de esta nueva clase, compuesta de “trabajadores temporales y a tiempo parcial, mano de obra sub-contratada, empleados de call-center, [y] muchos pasantes,” argumentando que estos trabajadores no son parte del proletariado – que él define de una manera sorprendentemente estrecha como “trabajadores de largo plazo, con empleos estables, horas fijas, con rutas establecidas de ascenso, sujetos a la sindicalización y a los convenios colectivos, con títulos de trabajo que sus padres y madres hubieran entendido, frente a empresarios locales que conocían directamente.”

Otros académicos cuestionan las implicancias clasificatorias del término. Charlie Post argumenta que antes de la Primera Guerra Mundial, “la gran mayoría de los trabajadores vivía una existencia muy precaria,” con poco acceso a los tipos de puestos de trabajo que Standing clasifica como “clase trabajadora”; Jan Breman, en su reseña del libro de Standing, observa que en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels argumentan que una de las condiciones que define la “proletarización” es la precariedad: “Despojados de los medios de subsistencia de la tierra, los trabajadores sólo podían sobrevivir mediante la venta su trabajo.”

Algo que agudiza la confusión sobre cómo entender e identificar las clases en el capitalismo moderno es que los trabajadores independientes, cuyo número se disparó en las últimas décadas, se construyen ideológicamente como parte de la pequeña burguesía, aún en el escalón inferior, a pesar de vender de su fuerza de trabajo a cambio de salarios y vivir a menudo con lo que tienen en la billetera, sin acceso a servicios de salud u otros beneficios – una especie de burguesía precarizada.

Los argumentos de la parte superior y de la parte inferior sobre la existencia de esta pseudo-clase popularizaron una serie de mitos sobre sus miembros. Analicemos algunas de los más comunes para ver si este concepto de la precari-burguesía sostiene.

Mito 1: La Extremadamente-Pequeña-Burguesía

La designación de los trabajadores independientes como una nueva clase empresarial – un grupo de mini-CEOs extremadamente pequeño-burgueses que dirigen las pequeñas empresas que están a punto de convertirse en verdaderas corporaciones – es uno de los mitos centrales vinculados al trabajo precario hoy.

Me convertí en un escritora independiente  y editora a tiempo completo en 2011 y, al igual que la mayoría de los nuevos autónomos, me encontré cara a cara con la ideología dominante de la iniciativa empresarial. Hay toda una industria editorial que propaga este mito, como The Wealthy Freelancer (“El Cuentapropista Acaudalado”), The Well-Fed Writer (“El Escritor Bien Alimentado”), y – mi favoritoThe Hell Yeah Diaries (“Los Diarios del Sí, Demonios”): “delirios sin censura en el camino a las 7 cifras. ¡Sé un cuentapropista de seis cifras! ¡Tomá las riendas de tu destino! ¡Vos no sos un profesional independiente, sos el CEO de Vos S.A.!”

La ideología es clara: adoptá la mentalidad de un CEO y pronto vas a contratar empleados, a mudarte a una nueva oficina con estilo, y a comprar Ferraris. Decenas de desayunos de negocios promueven esta narrativa. Si decidís asistir a uno, deberías preparar una presentación corta y tarjetas de personales para intercambiar con otros de clase trabajadora vestidos de traje. Hacer contactos no te va a hacer rico, claro – lo más probable es que simplemente padezcas las horas de tiempo productivo perdido, y después pases semanas ahuyentando a vendedores de seguros de vida.

La Freelancers Union (Sindicato de Freelancers) con sede en Nueva York (atención: no es un sindicato real) define los freelancer como “personas que participaron de trabajo suplementario, temporal o en base a proyectos o contratos en los últimos 12 meses.” Esta definición se aplica a 53 millones de estadounidenses – el 34 por ciento de la fuerza laboral nacional total. Según la fundadora del Freelancers Union, Sara Horowitz, durante “la Gran Recesión después de 2008, el número de estadounidenses que crearon sus propios negocios alcanzó el máximo de los últimos quince años – y la mayoría son propietarios únicos.”

El Freelancers Union encuestó recientemente a 5.000 personas que se identifican como trabajadores independientes y encontró que el 40 por ciento de la fuerza laboral independiente – 21.1 millones de personas, proyectadas a la población económicamente activa total – se gana la vida como trabajadora autónoma. Otros 14,3 millones trabajan de forma independiente mientras mantienen un trabajo de tiempo completo. Otros 9,3 millones tienen un trabajo de tiempo parcial para complementar el trabajo independiente, y 5,5 millones se consideran pasantes temporarios. Sólo el 5 por ciento, unos 2,8 millones, podrían ser clasificados como propietarios de negocios independientes, empleando entre una y cinco personas.

En cuanto a los freelancers que ganan seis cifras, no ganan realmente todo ese dinero vendiendo su trabajo a destajo o por hora. La mayoría lo hace mediante la venta de productos – como e-books o clases pregrabadas sobre cómo convertirse en un freelancer de seis cifras (disponible por sólo $49.95). También lo hacen mediante la contratación de empleados o vendedores o (más probablemente) contratando vendedores y explotando su trabajo – en otras palabras, ingresando a las filas de la verdadera pequeña burguesía. Y, al menos en la mayoría de los casos, hacer esa transición requiere acceso a capital.

En realidad, la diferencia de clase entre los freelancers refleja la diferencia de clase en el resto de la sociedad – los cuentapropistas, en su mayoría, siguen siendo miembros de la clase con la cual se identificaban antes de comenzar a trabajar independientemente. El 99 por ciento, por así decirlo, del mundo freelance permanece en la clase obrera, vendemos nuestro trabajo a destajo, y estamos trabados en una lucha constante contra la clase capitalista – ahora como clientes en lugar de jefes – por la tasa de explotación de nuestro trabajo (es decir, cuánto nos pagan).

Etiquetar a los freelancers como “emprendedores” en lugar de trabajadores le ahorra mucho dinero en salarios, beneficios e impuestos a los capitalistas. No sorprende que clasificar erróneamente a los trabajadores como contratistas independientes sea una forma muy común de fraude corporativo – precisamente el tipo de fraude que las empresas que contrataron a Duane Morris quieren legalizar.

Además, si ya es difícil para los trabajadores que trabajan en el mismo espacio, que perciben salarios estándar y tienen contacto diario con otros – cosas que no son comunes para la mayoría de los freelancers – los trabajadores independientes también tienen que lidiar con la Sherman Antitrust Act (Ley Sherman Antimonopolio), que califica a los esfuerzos por establecer salarios estándar para industrias específicas como una cartelización y por eso los considera ilegales.

Si bien es cierto que las estructuras de clase pueden cambiar y cambian con el tiempo (como señala Bertell Ollman, Marx se apuró a señalar esto, especialmente con respecto a los Estados Unidos), es importante definirlas no como una lista de atributos en común, sino en los términos de relaciones de producción – el conflicto que yace en el corazón de toda lucha de clases.

Alinear a los freelancers ideológicamente con los objetivos de la pequeña burguesía (incluso algunos marxistas lo hacen, como documentó Eric Olin Wright en Classes), a pesar de que la mayoría tiene mucho más en común con la clase obrera, erige otra barrera que obstruye la organización y los reclamos de derechos laborales. Como dice Richard Seymour: “El intento de ocultar, o hacer ‘desaparecer’ el concepto de clase es una misión política deliberada.”

Mito 2: La clase creativa

¿Qué pasa con la “clase creativa” de los trabajadores independientes que ven el trabajo como un trabajo de amor, al que le dedican largas horas por puro amor a hacerlo? Como dice el refrán: “Haz lo que amas y no trabajarás un día en tu vida.”

Desde este punto de vista, el trabajo creativo es la “antítesis de la alienación” – como dice Nicole Cohen – porque los trabajadores culturales que se ocupan de las ideas o de su expresión reciben “una autonomía relativa en el proceso de trabajo,” con un grado de control sobre su actividad. Trabajar desde casa, en particular, libera al trabajador del estricto control del empleador – códigos de vestimenta, filtros de Internet, y las restricciones a los descansos; los capitalistas se dieron cuenta de que, como lo describe Cohen, “pueden renunciar al control de la producción si no es un impedimento para la explotación.” Si el trabajador no es asalariado, lo único que importa es si el trabajo se hace.

Los freelancers son comúnmente considerados como aquellos que trabajan en campos creativos y de “cuello blanco”, como los medios de comunicación, las industrias editoriales y tecnológicas. Pero la categoría es en realidad bastante más amplia e incluye gente tan variada como ebanistas, niñeras, trabajadoras sexuales, agentes de seguros, asistentes administrativos, artistas, traductores e intérpretes (y mi propia ocupación, los editores de texto).

Algunas de estas ocupaciones, como las de los artistas y escritores, son creativas; algunas se sitúan en el límite entre la creatividad y (más a menudo) la producción corporativa directa (traductores, editores y redactores); otras realizan tareas “no creativas” como el cuidado de niños, el trabajo sexual, la maternidad sustituta, o el servicio de limpieza.

La razón por la cual los medios de comunicación y los sectores creativos y tecnológicos se ven tan a menudo identificados con el freelancer es que estas industrias adoptaron el modelo del trabajador autónomo precarizado mucho antes y mucho más profundamente que las industrias restantes. Como señala Cohen, el cambio hacia formas precarizadas de empleo comenzó en las industrias culturales, que “sirvieron como un modelo flexible, basado en proyectos, para otras industrias.”

Ese modelo se reproduce hoy en todas partes, desde las universidades a la atención médica, a los salones de belleza. Pero el trabajo freelance no “significa un escape de la explotación o el antagonismo entre capital y trabajo,” como ella señala – “las empresas que se basan en el trabajo freelance desarrollaron métodos alternativos para la extracción de plusvalía de los trabajadores […] incluyendo un aumento en el tiempo de trabajo no remunerado y la expropiación agresiva de los derechos de propiedad intelectual. Ese tiempo no remunerado incluye todo, desde la investigación y la sumarización de artículos hasta la facturación, la gestión de proyectos, el marketing, las ventas, y el trabajo administrativo, actividades que alguna vez fueron responsabilidad del empleador.”

Ahora, hay una pizca de verdad acá: el trabajo creativo puede ser de hecho más satisfactorio. Personalmente, me gusta trabajar desde casa, y editar para clientes como Haymarket Books y Historical Materialism me gusta mucho más que lo que me gustaba editar materiales de entrenamiento para empresas en una oficina en un sótano sin ventanas. Y me esfuerzo en trabajar mucho para poder recibir proyectos que realmente me gustan.

Pero la “carrera de portfolio”, donde los trabajadores creativos hacen malabares con múltiples clientes y proyectos simultáneos con el fin de ganarse la vida, mientras usan esos proyectos para comercializar sus habilidades y conseguir el próximo trabajo implica mantener un equilibrio ajustado.

Por cada biografía asombrosa de Frantz Fanon hay muchas horas de corrección de informes corporativos y de redacción para páginas web de agentes inmobiliarios para pagar el alquiler, la deuda de préstamos estudiantiles y las cuotas del servicio médico privado.

Los escritores independientes consultados por Cohen consideran a los artículos periodísticos de largo aliento como un lujo, algo que encajan entre los trabajos menores que pagan las cuentas y ocupan la mayor parte de su tiempo. Mientras los freelancers a veces disfrutan de una mayor “individualidad, […] libertad, independencia y autonomía” (como dijera Marx) que los empleados de oficina, están firmemente limitados por la necesidad de vender su fuerza de trabajo en un contexto de mayor competencia y presión a reducir los salarios.

Mito 3: ¡Pero es voluntario!

Los freelancers, ¿son empujados a saltar o lo hacen por sí mismos? ¿Importa?

La gente trabaja por cuenta propia por distintas razones. Algunos lo hacen realmente por la fama y la fortuna, como suponen los estereotipos de la generación millenial (los nacidos hacia fines del siglo XX); la encuesta de la Freelancers Union encontró que muchos de los encuestados habían elegido el trabajo independiente y estaban contentos con esa elección.

No hay duda de que no tener un jefe es genial: no hay política de oficina, no hay ropa formal ni acoso sexual por parte de supervisores lascivos, no hay que servirle café a nadie, y no hay que viajar al trabajo. Los freelancers también tienen el derecho de rechazar proyectos, a pesar de que esa libertad esté subordinada a la abundancia de trabajo.

Tan atractivas como puedan ser estas características, sin embargo, no son necesariamente las motivaciones materiales para la decisión de trabajar por cuenta propia.

Para una gran parte de los trabajadores que trabajan como contratistas independientes, sus industrias ya reestructuraron, eliminando el empleo fijo y la seguridad laboral. En los medios de edición y publicación, por ejemplo, los profesionales de la redacción, edición y el diseño trabajan de forma independiente porque la industria está estructurada en torno a una tripulación mínima sobreexplotada en la oficina y un ejército de reserva de mano de obra independiente que puede ser subcontratado a voluntad.

Otros trabajan de forma independiente porque su industria se reestructuró antes de que entraran en ella, o fue creada en torno al modelo del ejército de reserva desde el comienzo. Este es el caso de los trabajadores más jóvenes en los medios de comunicación digitales y de alta tecnología, donde los tipos de puestos de trabajo estables que Guy Standing consideraría los trabajos del  “verdadero proletariado” nunca llegaron siquiera a existir.

Por último, existe una categoría con frecuencia subestimada de trabajadores que se ven obligados a trabajar por cuenta propia porque las condiciones de empleo tradicionales los expulsaron al negarse a satisfacer sus necesidades humanas básicas como trabajadores, como los días por enfermedad y la licencia por paternidad.

La Family Medical Leave Act (Ley de Licencia Familiar y Médica), que les permite a algunos trabajadores tomar una licencia por maternidad no remunerada, se aplica a menos del 10 por ciento del total de empleadores; los EE.UU. y Papua Nueva Guinea son los únicos países en el mundo que no garantizan ninguna licencia de maternidad por la ley.

Según la Bureau of Labor Statistics (Oficina de Estadísticas Laborales), aproximadamente el 75 por ciento de los trabajadores de tiempo completo en Estados Unidos y el 27 por ciento de los trabajadores de tiempo parcial se tomaron algunos días de enfermedad pagos en el último año. El trabajador de tiempo completo con una carrera promedio de menos de cinco años – la duración promedio de un empleo – tiene entre ocho y nueve días de licencia por enfermedad al año. Esto puede o no incluir también los días de vacaciones, ya que muchos empleadores tiene una política de “tiempo libre pago” a ser utilizado por enfermedad o en vacaciones.

Los padres (en particular las familias monoparentales) y las personas que lidian con una discapacidad o enfermedad crónica se enfrentan a una elección: o trabajan enfermos y renuncian a la atención médica para sí mismos y sus hijos, o se entregan a la posibilidad de ser despedidos por las políticas de asistencia de sus empleadores. Si no alcanzan la categoría de discapacitados o no pueden dedicarse exclusivamente a la crianza de sus hijos, la única alternativa que les queda es trabajar por cuenta propia. Más del 40 por ciento de los encuestados por la Freelancers Union indicó que la flexibilidad horaria es su motivación principal para trabajar por cuenta propia.

Dado que las cargas de criar a un niño y cuidar a los ancianos recaen desproporcionadamente sobre las mujeres, la relación entre géneros en la fuerza laboral freelance está desbalanceada. En una conferencia reciente de editores freelance donde participé, más de tres cuartos de las asistentes fueron mujeres.

Sorprendentemente, una estadística reciente de la Bureau of Labor Statistics muestra que la brecha salarial para las mujeres, que es de 77 centavos de dólar para las mujeres blancas y hasta 51 centavos para mujeres negras o latinas, está mitigada o casi desaparece en el mundo freelance, dependiendo de otros factores como la etnia. Esto sugiere que algunos trabajadores podrían calcular que la discriminación laboral hace de su situación algo tan difícil, que estarían mejor defendiéndose a sí mismos por fuera del empleo formal.

Entonces, ¿diríamos que estos trabajadores saltaron al cuentapropismo o que fueron empujados?

Mito 4: La Clase Imposible

Nos lo dicen una y otra vez, en tonos tristes y poco positivos, que es simplemente imposible organizar al sector cuentapropista. La realidad es que eso todavía está por decidirse, aunque es verdad que los intentos de organizar al sector hasta ahora fracasaron.

Hay pocos sindicatos a los cuales los trabajadores independientes puedan unirse: por ejemplo, la Freelancers Union, que ofrece consejos a los trabajadores cuentapropistas, oportunidades para establecer contactos, descuentos en servicios profesionales y, en algunas partes del país, la oportunidad de contratar servicios de salud en grupo. Aunque esta organización sin fines de lucro defiende los intereses de los trabajadores independientes, no organiza ni participa en las disputas salariales o la lucha de clases. De hecho, Atossa Abrahamian afirmó que al pacificar a los freelancers más inquietos, la Freelancers Union provee servicios valiosos al capital.

Otros trabajadores independientes (donde me incluyo) participamos de la National Writers Union (Local 1981 de la United Auto Workers), fundada como una organización independiente de escritores freelance en 1983, que se unió a la UAW en 1991.

La NWU interviene en disputas salariales en los casos donde la explotación es tan extrema y masiva que facilita la organización – por ejemplo, ir tras revistas que frecuentemente faltan al pago de sus escritores. También ofrece talleres educativos y asistencia legal a sus miembros.

Pero ninguna de estas organizaciones puede llamarse un sindicato en el sentido tradicional del término, y ninguna tiene el poder suficiente para fijar salarios. Estos métodos de organización requieren todavía algún tipo de concentración de la fuerza laboral para tener eficacia.

Los freelancers necesitan nuevos métodos para organizarse. Una posibilidad podría ser unirse a los trabajadores de oficina en sus actividades sindicales – los esfuerzos por organizarse en Gawker Media podrían darles algo que aprender en esta instancia.

Pero si parte de lo que define la clase es la conciencia de clase, se vuelve cada vez más claro, mientras los trabajadores peor pagos luchan por salarios de 15 dólares la hora y los estudiantes comienzan a rechazar sus deudas, que los cuentapropistas ya no pueden alinearse ideológicamente con la pequeña burguesía. Los freelancers provienen cada vez más de sectores de clase trabajadora, trabajan por salarios bajos y comparten los intereses primarios – y la precariedad – de la clase trabajadora más amplia.

No somos la burguesía precarizada – somos el futuro de la lucha de clases.

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