Arte y capitalismo. Las manos invisibles.

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por Ignacio Rial-Schies.

(Este artículo apareció originalmente en Los Efectos)

La relación que tenemos con el arte solo puede ser paradójica. No sabemos muy bien qué es, ni cómo entra en circulación social, pero en general estamos de acuerdo en que nos gusta y es algo bueno. En la primera entrega de la serie “Las manos invisibles” intento abordar las relaciones del arte con el capitalismo a partir de la obra más cara de la historia.

Nafé Faà ipoipo (¿Cuándo te casarás?) Paul Gaugin, 1892." width="772" height="1024" /> Nafé Faà ipoipo (¿Cuándo te casarás?) Paul Gaugin, 1892.

Nafé Faà ipoipo (¿Cuándo te casarás?) Paul Gaugin, 1892.

La obra de arte más cara del mundo

La dificultad para distinguir entre qué es arte y qué no apunta al vacío en el centro del lenguaje, a la imposibilidad de fijar más que circunstancialmente el significado de una palabra. Por eso, tomar la idea de capitalismo para ponerla en relación con esa brecha magmática e inabordable productora de imágenes que llamamos arte nos permite establecer un margen y cierto sistema en el cual apuntar una serie de consideraciones.

Y si entendemos al capitalismo como la subordinación progresiva de todo al mecanismo abstracto de la valorización del dinero, el arte, como cualquier otro producto de la actividad humana que entendemos como trabajo, no puede ser otra cosa que una mercancía, y su intercambio no es distinto del comercio. Este es el estado de la situación del que partimos, y en el derrotero de esta serie en torno a cinco cristalizaciones en el intercambio del arte, intentaremos tensionar el sistema del mercado del arte y, en alguna dimensión, superar sus límites.

Jarrón con catorce girasoles. Vincent Van Gogh, 1888.

Jarrón con catorce girasoles. Vincent Van Gogh, 1888.

La idea del valor, de que una obra tenga un precio, obedece a la conmensurabilidad necesaria para que la mercancía entre en el mercado. Y como esa medida se aferra a una estabilidad ilusoria, la obra de arte más cara del mundo no es una, sino que a lo largo de la historia fueron varias. Al momento de redactar este texto, la venta registrada más cara data de febrero de 2015, cuando el cuadro de Paul Gaugin ¿Cuándo te casarás? fue adquirido por un comprador anónimo, pero que se estima fue el Estado de Catar, por la suma de 300 millones de dólares. La venta de un cuadro por ese monto exorbitante no puede, sin embargo, ser comprendida de manera aislada. Un artículo crítico en The Guardian apunta a una posible periodización en la venta de obras plásticas donde el mercado de compra y venta explotó en 1987 cuando Jarrón con catorce girasoles de Van Gogh fue comprado por 83 millones de dólares ajustados a la inflación actual, triplicando el máximo anterior alcanzado porAdoración de los Reyes Magos, parte del trípctico de Uffizi, de Mantegna. Esa transacción marca, a la vez, el ingreso del arte moderno en el mercado de las grandes subastas, y dio comienzo a un período que parece haber encontrado su fin en 2015. La posibilidad de que un cuadro, sea quien fuera su creador, adquiera semejante valor en el mercado obedece a dinámicas del capitalismo financiero cuyos detalles escapan por demasiado el espectro que puede comprender este artículo, pero si tenemos en cuenta que Catar tiene el PBI per cápita más alto del mundo y que al menos la mitad de los ingresos totales proviene de las exportaciones de gas e hidrocarburos, la relevancia de esta adquisición tiene mucho más que ver con el valor de la obra como depositaria de valor que con cualquiera de sus características sensibles o históricas.

Adoración de los reyes magos. Andrea Mantegna, ca. 1460.

Adoración de los reyes magos. Andrea Mantegna, ca. 1460.

Dos factores en este proceso resultan relevantes. En primer lugar, la aparente falta total de relación entre el artista y su trabajo respecto del valor que las obras adquieren en el mercado. En segundo, quizás menos evidente pero no menos relevante, el lugar del coleccionista y la pregunta por la autenticidad en el proceso de valorización de la obra. Los artistas que produjeron las obras más codiciadas en la historia reciente están todos, sin excepción, muertos y con notable frecuencia se inscriben dentro de lo que se entiende como “arte moderno”. Sus nombres sirven, en el mejor de los casos, para almohadillar el discurso que construye la valorización de la obra, un discurso sostenido por el sistema de comercialización del arte cuyas paradojas fueron magníficamente caricaturizadas en el documental Beltracchi, el arte de la falsificación. El documental sigue los pasos de un falsificador luego de ser descubierto como el creador de una serie de cuadros atribuidos a algunos artistas modernos, vendidos a lo largo de años por sumas millonarias. En el largometraje, Beltracchi, que había aprendido el oficio de la restauración de su padre, muestra cómo produce con soltura obras en el estilo de artistas de renombre, como Max Ernst o Heinrich Campendonk, obras que no pueden ser estrictamente tratadas como reproducciones porque no pretenden copiar cuadros existentes, sino que pasan ante los ojos más expertos como originales “nuevos”. Prestando atención a las herramientas y los materiales que usaran aquellos que pretende emular, y con la ayuda de galeristas ansiosos por encontrar originales desconocidos para ingresar en el mercado, Beltracchi logró engañar a los coleccionistas al menos por algunos años. Lo llamativo del caso es que los cuadros no fueron identificados como falsos a simple vista. Fue solo después de análisis químicos realizados con tecnología de punta que los expertos pudieron determinar que no se trataba de originales: los pigmentos usados por Beltracchi, en lo que él mismo reconoce como un descuido imperdonable, eran de factura contemporánea, con componentes que los artistas a quienes eran atribuidas las obras jamás podrían haber usado. Además de ser sentenciado por la justicia alemana a pasar seis años de prisión (en un régimen flexible que le permitió, sin embargo, seguir produciendo obras con su propia firma), Beltracchi fue forzado a reembolsar a al menos uno de los coleccionistas engañados el valor total pagado por una de sus obras.

Cuadro rojo con caballos (según Campendonk). Wolfgang Beltracchi, ca. 2000.

Cuadro rojo con caballos (según Campendonk). Wolfgang Beltracchi, ca. 2000.

Este caso ejemplar demuestra que el valor de la obra no tiene nada que ver con la obra en sí misma y todo que ver con las relaciones que establece en el sistema del mercado del arte y con todos sus discursos legitimadores. Pero la pregunta por la composición material de la obra puede quedar suspendida aquí de la mano de esta entrevista a Damien Hirst, cuya obra trabaja directamente sobre algunas de las relaciones abordadas en este apartado.

Como parte del documental El futuro del arte, Ingo Niermann le pregunta a Hirst cuál sería la obra de arte que alcance la marca de los mil millones de dólares. Hirst primero elude la pregunta con otra, “¿quién carajo sabe?” para después preguntarse si no habrá sido hecha ya, mencionando que el gobierno griego estaría pensando vender el Partenón para poder pagar su deuda externa. Llevado por su entrevistador a considerar una obra potencial que alcanzara ese valor, Hirst propone que una obra tal debería estar hecha con el material más caro conocido, como el plutonio, en una operación similar a la que él mismo utilizara en Por el amor de Dios, una calavera de platino incrustada con 8601 diamantes perfectos, con un costo de fabricación declarado por Hirst en 14 millones de libras. Si la obra fue finalmente vendida y por qué valor no está del todo claro.

For the love of God (Por el amor de Dios). Damien Hirst, ca. 2007.

For the love of God (Por el amor de Dios). Damien Hirst, ca. 2007.

 

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