Reseña de “Vida de pintor” de Carlos Alonso

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Reseñar la muestra de un artista consagrado, sita en una sala de exhibición que poco requiere del esfuerzo de un escritor amateur, un mes tras su inauguración, puede ser, casi seguramente sea, un desperdicio absoluto. Pero es ese patetismo de lo superfluo, de lo innecesario, de lo accidental, creo, lo que me motiva a escribir sobre la obra de Carlos Alonso.

Aclaro, ante el fantasma ofendido de la opinión pública que quiere a sus próceres muertos y a su arte presuntuoso: patético, de pathos, entiendo al gesto que Alonso repite una y otra vez para lidiar con la historia de la pintura, su densidad, su espesor, sin una voluntad monumentalista o enciclopédica, sino en el recorrido propio de su devenir plástico. Y por superfluo, el lugar que le da el coleccionismo a esa práctica.

Lejos estoy de poder hacer la reconstrucción histórica o biográfica de las obras expuestas, y como cualquier hipótesis de su relación con el contexto social, político en el país o en el extranjero arriesgaría poner en plena evidencia mi ignorancia profesional, preferiría no hacerlas. Pero una lectura inmanente de la muestra, es decir, una que permanezca dentro de la bóveda de los Fortabat en Puerto Madero quizás pueda revestir algún interés.

La imaginación materializada en los lienzos de Alonso configura lo que algunos llamarían un panteón y yo prefiero tratar como una genealogía o como invención de sus propios precursores. No creo cierto que Alonso emule el estilo de sus retratados: Van Gogh, Courbet, Renoir, Schiele, Monet, y sobre todo su maestro, Spilimbergo, o siquiera Munch. Ejercita su influencia, interpreta sus lenguajes visuales, alejado de un análisis sistemático o racional, sus usos del color, sus tratamientos de la forma, no para ser un copista fiel. Su pintura entra en un espacio narrativo sutil para versar sobre aquello a lo que remite el título de la muestra, qué es una vida.

Mientras más avanzo con esta escritura, y me quedo sin letra para decir cualquier cosa, abro pestañas en el navegador para leer cómo otros reseñistas abordaron la tarea. En la segunda nota que veo repetirse la misma cita de Marta Traba, empiezo a sospechar. Viene del comunicado de prensa de la misma Fundación Fortabat. Intuyo que la profesionalización de la escritura no conduce necesariamente a reseñas más inspiradas.

Como sea, colocar a Alonso y a su obra en la categoría que se entiende como posmodernidad, por su supuesto cuestionamiento de la imagen, es partir de un olvido intencional, como si la pintura no hubiera hecho eso a lo largo de toda su historia. Mucho más interesante es leer en la obra de Alonso su esfuerzo necesariamente subjetivo, profundamente personal y definitivamente narcisista por pintar su propio lugar en ese trayecto. Un aspecto que requeriría o bien un párrafo aparte o una entrevista entera con el pintor es su predilección exclusiva por el acrílico, antes que el óleo como usaran todos sus precursores.

Inmediatamente antes, y algún tiempo después de sobreponerse a la visita de la muestra, el carácter de esa bóveda, que con la arbitrariedad del gusto dominante traza en su subsuelo un recorrido por la historia del arte argentino y la del siglo XX con igual criterio, resulta extremadamente representativo. Construida en la zona urbana que atravesó la transformación más vertiginosa en las últimas dos décadas, de pantano y puerto abandonado a metro cuadrado más codiciado de la ciudad, podría metaforizar cierta concepción del arte en nuestra época y nuestro país: siempre dispuesto a erigirse sobre el barro de la historia, un privilegio de adinerados que, en virtud de su gusto y filantropía, acaparan todo lo que entienden bello.

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