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La cámara de fotos de mi vieja fue un objeto extraño durante mi infancia. Extraño como algo conocido pero no siempre presente, presente pero inaccesible, o al menos no disponible para mí. Cada cumpleaños o reunión por algún festejo, salía a relucir, generalmente cuando todos ya querían irse, para documentar ese encuentro, mayormente familiar.
Mi abuelo, cuyo gusto por la fotografía se salvó del volquete hasta el fallecimiento de mi abuela en miles de diapositivas que ocupaban armarios enteros, le había comprado esa cámara a mi vieja en 1977, cuando la acompañó al exilio en Alemania. Nunca me quedó del todo claro si ella había o no estado comprometida políticamente, pero creo que ese viaje estuvo más motivado por la paranoia de su padre, que había sido prisionero de guerra de los aliados en Holanda, antes que por cualquier peligro real. Me resulta curioso, ahora que cuento esta historia, notar que el modelo de esa cámara sea hoy conocido como el preferido por ciertos corresponsales de guerra: apareció al cuello de Dennis Hopper en Apocalypse Now y en las manos de Steve McCurry en su retrato de la niña afgana, famosa tapa de National Geographic. Es un instrumento de precisión que para nada desentona junto a un rifle de asalto y una granada de mano.

Esa misma cámara sacó mi primera foto: en culo sobre un hule celeste en el monoambiente donde vivían mis viejos. Me la conozco de memoria, tenían muy linda luz. El espejo temporalmente diferido de la fotografía es encontrarse a uno mismo como otro, alguien con quien uno guarda una relación tan cercana que no puede no ser siniestra. Esa foto está en las primeras páginas de nuestro primer álbum. En la época cuando los álbumes y las fotos impresas todavía no habían sido desplazados completamente por el celular, esa foto participaba del comienzo de la historia que mis viejos habían decidido contar sobre sí mismos.
Antes de que la fotografía digital fuera siquiera una fantasía de ciencia ficción, esa cámara había empezado a fallar. Ahora entiendo que era el exposímetro, que indica el par de apertura y tiempo de exposición correcto para capturar la escena con la luz disponible, la única parte electrónica de la cámara, lo que no funcionaba. Mi vieja había perdido hacía tiempo el interés por la fotografía, y mi viejo se había convertido en un  socialero familiar resignado. De entre las cosas que quedaron de su suegro en la casa donde vivíamos, rescató un exposímetro de mano. A la ceremonia de la captura de momentos familiares se le sumó así un paso, que contribuyó a que la cámara saliera cada vez menos de su bolso acolchado.
Quizás por eso y por no poder desprenderse del mandato de que a la familia se le sacan fotos, de las fiestas se sacan fotos, de los hijos se sacan fotos, no tardaron en conseguir una de las primeras cámaras digitales relativamente accesibles. Nunca hubo otro álbum familiar, y las fotos de esa primera cámara digital se perdieron en el disco rígido de alguna computadora, que seguramente terminara como relleno sanitario en el conurbano ya antes que las diapositivas de mi abuelo.
Hace harán tres o cuatro años estaba dándole vueltas a algunos asuntos de mi pintura y me encontré con el documental donde David Hockney demuestra cómo los grandes maestros del renacimiento, empezando quizás por Caravaggio, habían usado dispositivos ópticos para alcanzar el nivel de realismo por el cual fueron conocidos. En internet también pasa eso de encontrarse cosas que parecen siempre haber estado ahí. Ese documental me llevó a pensar en la imagen proyectada. Armé un par de proyectores opacos y experimenté con ampliar imágenes en la pared.
Fue en esa época que conocí a Lola. De ella me enamoró que pintara. No que esparciera pigmentos con pinceles sobre papel, sino compartir el espacio de crear imágenes, y cómo ella entendía su vida en relación a eso. A Lola le interesaba menos el enfoque que el encuadre, más la sorpresa después del revelado que la toma perfecta. ​Pintaba con su cámara de fotos. Leidenschaft es, en la lengua que hablo conmigo, la palabra que mejor recubre esa sensación. Suelen traducirla como “pasión”, pero tiene un sentido distinto al dado en castellano​; ​p​asión, quizás, pero no solo. Uno de los libros más conocidos de Goethe tiene su raíz en el título: Die Leiden des jungen Werthers. Pena no es lo que quiero decir, ni tampoco recuperar algún sentido previo. Leidenschaft es una manera de verse afectado y eine Leidenschaft für die Fotografie es lo que me dejó Lola, una sehnsucht (“nostalgia”, sí, pero no solo; ese ansia de lo que fue pero también de lo que podría ser) que nunca había conocido. Que solo pueda decir esto en un idioma que le es ajeno es mi forma de explicar por qué hablo de ella en tiempo pasado. Un corte al sentimiento oceánico, una lengua, además de una herencia, algo que nos antecede y nos encontramos, también es una isla.
Hay un cuento que habla de monedas en el desierto y también de un mundo donde los espejos comparten con el sexo lo abominable, porque ambos multiplican el número de las personas. Creo que de un modo transversal, o no tanto, también habla de la fotografía y de cómo reproduce mundos que por imaginarios no son menos que inolvidables.

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