Presentación de Axioma y 2012-2016 de Diego Cirulli

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Ayer acompañé a Diego Cirulli en la presentación de 2012-2016, un catálogo de su obra, en la Feria del libro de Berazategui LibrArte 2018. La invitación estuvo motivada también por el mural Axioma que pintó en el mismo partido hace unas semanas. Armamos este texto que leí y comparto acá también para darle otra vida.

La pintura de Diego Cirulli está atravesada por la experiencia; en el devenir de la imagen, recorre las tensiones que cosen lo histórico y social al acto pictórico más singular e íntimo.

A la imagen nos acercamos, como a todo, con el cuerpo. Esa aproximación es un acontecimiento que se da en la espontaneidad de una interacción imaginaria — reúne en el mismo acto al cuerpo y a la mente. Moviliza percepciones, preconceptos, memorias, lecturas, construcciones, en definitiva: creaciones. Y cada vez que acontece, encontramos la inevitable falla de la representación; la imagen desborda siempre la ilustración de cualquier concepto conocido, produce un resto irreductible a lo ya experimentado. Ese desborde hace de las imágenes un campo de batalla y otorga, aún hoy, una dimensión política a la pintura.

La imagen rasga la superficie de una realidad para fluir hacia nuevas posibilidades, o mejor dicho, imposibilidades: como modo de representación, como forma de lidiar con el sentido, la pintura nos lleva en su propia dinámica a ese excedente, a la periferia, al margen, a la extranjeridad.

Al pintar, una máquina se pone en marcha. Se dispone un terreno, una superficie, se proponen reglas, se despliegan ciertas herramientas. Se merodea en torno y sobre las superficies involucradas. Cuando la mano toma el pincel, ya no hay pincel ni tampoco mano. La materia, la sustancia, se ve afectada en el acto creativo. El cálculo que resume el funcionamiento de esa máquina es imposible, porque no le es previo y no tiene una finalidad prevista.

Los cuadros, contemplados como escenas, podrían remitir a un tiempo y a un lugar habitados, y a sus memorias, los contenidos multívocos de un anecdotario. Pero algo más fuerte impulsa a la pintura y la desarticula de esa referencialidad, de esa figuración. Ese acontecimiento, esa catástrofe, esa renuncia es la mayor potencia de la pintura como toma de posición frente a lo que entendemos hoy como real.

Así, la pintura es una afirmación. Es un axioma irreductible. Es un cuerpo que genera una zona de afectación; traza una nueva cartografía y un nuevo paisaje.

Mirar es siempre mirar por vez primera. Con permeabilidad, con la totalidad del cuerpo nos involucramos. No somos meros espectadores de siempre lo mismo, sino que formamos parte de lo que miramos, porque también eso frente a nosotros nos mira, nos penetra desde lo que no dice, desde lo que desborda, desde la finitud.

Un evento de este orden habilita una reflexión sobre la imagen y la noción de identidad en tanto representación o, quizás más adecuadamente, concebirla como movimiento, como habitar lo ambulante, lo informe. En esa acción surge la capacidad creadora de correr los parámetros y desencontrarse.

El libro que vinimos hoy a acompañar, tal como las imágenes individuales, escapa a las disposiciones de su autor. Recorre, sobre una línea cronológica, la producción de obras que pueden entenderse como cuerpos, pliegues relativamente abiertos y a la vez cerrados, siempre productivos y dispuestos a potenciar un nuevo despliegue.

La creación de un libro requiere de herramientas del todo distintas a las de la pintura. La mirada se ve afectada por el desplazamiento, el paralaje del cambio radical de soporte. La causa eficiente del libro, su fuerza motora, brota del propio universo de las imágenes. La necesidad inmanente de que ese libro se materialice, a la vez, despierta potencias de caudales absolutamente desconocidos, que encaminan el trabajo a destinos incógnitos.

En cuanto a Axioma, mural que hoy puede verse en Mitre y la calle 9, está íntimamente vinculado con la obra previa de Diego. Casi como cualquier otra cosa existente, es permeable a su entorno.

Lejos de lo que algunos detractores de su obra han comentado, Axioma no es una alegoría de la amenaza. Es, más bien, una invocación de la animalidad, de la potencia incalculable que se encuentra detrás y en la superficie de la pintura. En una interpretación inevitablemente subjetiva, veo en esos dientes un contrapunto al despotismo de la alegría que nos gobierna, un retruco a la sonrisa impostada, que es solo una de las funciones posibles de nuestras fauces. Un maxilar superior y el inferior, en un plano casi odontológico, podrían recordar la pintura de Francis Bacon y para mí remiten sobre todo a Los amordazamientos de Alberto Heredia.1

Pero la boca, ese orificio que portamos en medio del rostro, quizás sea, es, sin dudas, la residencia de la voz, uno de los rasgos que constituye nuestra humanidad. Conexión del interior y el exterior, pliegue de lo que consideramos nosotros y lo que declaramos extraño, esta silenciosa boca abierta es a la vez una declaración en voz alta, un grito: la llamada de atención a que el cuerpo del pueblo es uno y no teme mostrar los dientes.


  1. Heredia, A. Cortesía del MNBA

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