Fragmento de una conversación con Cézanne durante el retrato de Henri Gasquet

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¿Por cuáles sentidos entonces, con cuáles sentidos percibe usted el sol? Nuestros cuadros pertenecen a la noche que merodea, a la noche que anda a tientas. Los museos son cavernas de Platón. Sobre la puerta haría grabar: “Prohibido entrar a los pintores. Hay sol afuera.” Un pintor comienza a pintar, lo que se llama pintar, a los cuarenta años, un pintor de nuestros días. Los otros, a esa edad, cuando no había museo, habían casi acabado su obra. Un pintor hoy en día no sabe nada. Hasta los cuarenta años, sí, que frecuente los museos, se lo ordeno. Después que regrese de esos cementerios simplemente para descansar de eso y para meditar sobre su impotencia y sobre su muerte. Los museos son lugares odiosos. Apesta a democracia y a colegio. Yo pinto mis naturalezas muertas, esas naturalezas muertas, para mi cochero que no las quiere, las pinto para que los niños sobre las rodillas de sus abuelos las miren mientras comen su sopa y balbucean. No las pinto para orgullo del emperador de Alemania y la vanidad de los mercaderes de petróleo de Chicago. Se ofrecen diez mil francos por una de esas porquerías; sería preferible que me den un muro de iglesia, una sala de hospital o de alcaldía, y que se me diga: “Haga allí. Píntenos una boda, una convalecencia, una buena cosecha.” Entonces, quizás, sacaría lo que tengo en el vientre, lo que llevo ahí desde que he nacido, y sería pintura. Pero yo sueño, me embriago, me exalto. ¿A qué conduce esto? A impedirme trabajar mejor. ¡Trabajar! No hay más que eso. La pintura, verás, Henri, es sumamente difícil. Siempre creemos tenerla, y jamás la tenemos. Tu retrato, es un fragmento, y comprendes lo que hace falta deslomarse sobre un rostro, los ojos que miran, una boca que habla. ‘Y bien! No es todavía nada. Para hacer cuadros, casi haría falta poder bajar un fragmento como este por día. Tintoreto lo hacía, y Rubens. Y no hay más que la figura. Estas naturalezas muertas, es igual. Son tan densas, tan múltiples. Hay un oficio por objeto. Jamás uno conoce su oficio. Pintaría cien años, mil años sin detenerme, y me parece que nunca lo conocería. Los antiguos, por su parte, en el nombre de Dios, no sé cómo se las arreglaban para ejecutar kilómetros de labor. Por mi parte me devoro, me mato, en cubrir cincuenta centímetros de tela. No importa. Es la vida. Quiero morir pintando.

Paul Cézanne conversando con Henri Gasquet, mientras lo retrataba, según Joachim Gasquet en Cézanne, 1921.

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